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Hoy mi papá me contó una historia que no es tan ficticia como parece. La protagonista: la Iglesia. Y la historia decía así:

Apenas entré me di cuenta de que no estaba entrando a una Catedral más, o a una Mezquita más. Estaba entrando a lo que en un mundo maravilloso y ficcional sería el paraíso: un sitio de convivencia pacífica y respetuosa de credos diferentes. Lamentablemente no era el caso.

Estaba entrando a la Mezquita-Catedral de Córdoba, escenario, como tantos otros, de batallas y conquistas, de apropiaciones y reformas. A comienzos de los años 700 los musulmanes invadieron la Hispania romana y erigieron, en 785, sobre lo que era la Basílica de San Vicente Mártir de la ciudad de Corduba, la imponente mezquita que era sólo superada en tamaño por la Meca (actualmente es la tercera en tamaño luego de la Mezquita Azul de Estambul). Casi 500 años más tarde, más precisamente en el año 1236, Fernando III de Castilla, tras su ingreso triunfal a la ciudad andaluza, convirtió la mezquita en Catedral.
Hoy la Catedral-Mezquita es una muestra impresionante no sólo de variados estilos arquitectónicos y artísticos, sino también un viaje a lo largo de 2000 años de historia de la humanidad, durante los cuales y, hasta el día de la fecha, el ser humano no supo convivir ni respetar lo diferente. Afortunadamente la estructura, en su gran mayoría, supo ser mantenida, por lo que hoy en día es posible disfrutar de la maravillosa arquitectura árabe. Pero sin dudas resulta muy extraño ver la figura de un Cristo crucificado debajo de un arco de herradura islámico, o la imagen de una Virgen entre dos columnas romanas rematadas por un arco califal cordobés. Y esta extrañez es lo que hace de la Catedral-Mezquita un monumento sobresaliente y merecedor del Patrimonio de la Humanidad que recibió en el año 1984.

Y me detengo en esta última frase. ¿Qué quiere decir “Patrimonio de la Humanidad”? En parte, que es un “sitio de importancia cultural o natural excepcional para la herencia común de la humanidad”, y que “pertenece al país en el que se localiza, pero se considera en el interés de la comunidad internacional y debe ser preservado para las futuras generaciones”. ¿Sabías que la Catedral-Mezquita de Córdoba fue registrada por la Iglesia Católica en el 2006 como propiedad de la Iglesia por un monto de 30 euros? Resulta que una Ley Hipotecaria heredada del franquismo y reformada en 1998 por el entonces Gobierno de José María Aznar permitía al Obispado registrar cualquier propiedad que tuviera un mínimo vínculo con la Iglesia sin tener que llevar un justificativo y sin tener que hacerlo público. Así que pagando la tasa de 30 euros la institución de la Iglesia se hizo propietaria de un Patrimonio de la Humanidad que recibe casi un millón y medio de visitantes al año que pagan una entrada de 10 euros (18 si la visita es nocturna), más los 2 euros que pueden pagar para subir a la torre. Haz las matemáticas. Una gran inversión inmobiliaria, ¿verdad? Y más teniendo en cuenta que quienes pagan los arreglos y el mantenimiento de la Catedral no son los eclesiásticos sino la gente con sus impuestos. Y esto es sólo un ejemplo de ese “boom inmobiliario” de la Iglesia, quien se hizo de miles de propiedades desde 1998 hasta la fecha. Sí, Fernando III le cedió el derecho a la Iglesia para utilizar la Catedral en el año 1236. Pero el derecho al uso no implica el derecho a ser propietario.

Espero no haber ofendido a nadie. Este posteo no habla acerca de Dios ni de la fe. No critica las creencias. No quiere ser más de lo que es. Simplemente plantea un problema de corrupción dentro de una institución que debería ser pulcra y sagrada.
Salí de la Catedral-Mezquita con una mezcla de sensaciones. Abrumado por la maravilla arquitectónica e histórica. Abatido por las razones de esa mezcla. Y confundido por la actualidad.

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