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Como todo niño, yo también disfruto de una buena historia. Y esta transcurre en los cerros que contemplan la ciudad de Toledo, en el siglo XI.
Atrás habían quedado los tiempos de los romanos y los visigodos y ahora Toledo se encontraba bajo dominio musulmán, desde el 711, año en el cual había comenzado lo que se conocería como la “Conquista Musulmana de la Península Ibérica”.  La Plaza del Zocodover olía a cus-cus y especias, y era el centro neurálgico de una medina amurallada a la cual se ingresaba por enormes puertas que hablaban de siglos de influencias culturales.
Caía la noche cerrada y desde el minarete de la mezquita el imán llamaba al salat, el quinto y último del día, y, estuvieran donde estuvieran, los fieles se arrodillaban sobre una alfombrilla o tela apuntando hacia la Meca para llevar a cabo su rezo, uno de los cinco pilares de la religión islámica. Era el 24 de mayo de 1085, la última noche de dominio árabe en la ciudad toledana. Al-Qadir, el rey de la taifa de Toledo, había llegado secretamente a un acuerdo con el actual rey de Castilla y León, Alfonso VI, para entregarle pacíficamente la ciudad de Toledo a cambio de ser instalado en el trono de la taifa de Valencia. Y así fue como, a pesar de los detractores, el rey castellano ingresó por las puertas musulmanas para reclamar la ciudad para el cristianismo, logrando el apoyo de la gran mayoría de sus pobladores al prometer respetar las diferentes religiones y credos que convivían en la ciudad.
Cuenta la leyenda otra historia: Al-Qadir nunca pactó la entrega pacífica de la ciudad con Alfonso VI. El rey castellano asediaba la ciudad desde los cerros, destruyendo las campiñas, dejando a los pobladores sin suministros. Ante la continua amenaza, el rey musulmán solicitó ayuda a las otras taifas de la península ibérica pero no logró recibirla, ya sea por negativa o porque sus reyes murieron antes de acudir en su ayuda. No le quedó más remedio que cruzar el estrecho y solicitar apoyo a los reyes africanos. Fueron ellos quienes enviaron al príncipe y gran guerrero Abul-Walid, quien fue recibido con honores por Al-Qadir apenas arribó a Toledo. Lo que nadie esperaba era que se enamorara de Sobeyha, hermana del líder toledano. Abul-Walid se encontraba en la encrucijada de volver a África en busca de ayuda o quedarse en Toledo junto a su amada. El deber pudo más que el deseo y regresó. Cuando volvió a Toledo se encontró con un panorama diferente: Alfonso VI ya había tomado la ciudad y peor aún, Sobeyha había muerto durante la toma. Fue así que se dispuso a cumplir su promesa de retomar la ciudad y se instaló en lo alto del cerro junto a su ejército, esperando el momento adecuado para atacar. Lo que no esperaba era que una noche sin luna iba a encontrar su muerte a manos del ejército cristiano mientras dormían en su campamento. Respetando su deseo expreso de ser enterrado allí en el caso de morir en batalla, desde ese día el cuerpo de Abul-Walid yace en su tumba en lo más alto del monte. Y su alma se sienta, azorada, a observar cada atardecer, tratando de encontrar en la ciudad que abajo se enciende el alma de Sobeyha.

Ciudad: Toledo, España.
Distancia desde Madrid: 72 kms por la A42 (sin peaje).
Locación exacta de la fotografía: Mirador del Valle, junto al Kiosco Base. (39°51’02.6″N 4°01’14.2″W)

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