El día que Islandia me voló la cabeza

Islandia ha sido, durante los últimos años, un trendic topic entre los viajeros. Es la escena ideal para las aburridas frases hechas del marketing: la tierra de hielo y fuego, el país más seguro del mundo, la isla increíble… son tantas las frases clichés que describen esta isla situada a 50 kilómetros de distancia del Círculo Polar Ártico, que nos convencieron y decidimos ir. Pero este artículo no es sobre el día en que Islandia me voló la cabeza por sus inmensas maravillas, como supongo que pensaste después de haber leído el título. No se trata de eso. Este artículo es sobre el día en que Islandia me voló la cabeza casi de manera literal. Y sobre el día en que vi por primera vez en mi vida -y supongo que no tendré otra oportunidad- el agua cayendo hacia arriba.

Era el decimotercer día de nuestro viaje de dos semanas alrededor del Ring Road de Islandia (la ruta circular que recorre en su totalidad a la isla) y estaba sentado detrás del volante de nuestra furgoneta blanca. En la parte trasera del vehículo, mi esposa estaba escuchando música junto a nuestro hijo de casi dos años, quien estaba totalmente abstraído de lo que estaba pasando afuera. Los niños tienen esa cosa maravillosa: se asustan de los monstruos que duermen bajo sus camas pero no pueden darse cuenta cuando el real peligro está cerca. De todos modos, él estaba allí, cantando la misma melodía que habíamos estado escuchando una y otra vez durante casi dos semanas. Estábamos andando por un camino montañoso de tierra de dos carriles (uno de ida y uno de vuelta). A nuestra izquierda: la pared de la montaña separada por el carril para los coches que venían de frente. A nuestra derecha: una caída de 100 metros, sin barandas ni ningún otro tipo de protección. De repente el coche comenzó a dirigirse hacia el acantilado desprotegido de la montaña y ahí fue cuando todo a nuestro alrededor se detuvo…

Era un día hermoso en Grundarfjörður: no hacía tanto frío como los días anteriores. E incluso se podía ver un poco de sol en el cielo, lo que era un alivio después de varios días de lluvia. Estábamos en la península de Snaefellsnes. Nos despertamos alrededor de las diez y nos dirigimos al oeste a Kirkjufell, una montaña verde de 463 metros de altura que se encuentra sola, sin ninguna otra montaña alrededor, y en la orilla del mar, y empezamos nuestro viaje del día.

La idea era visitar primero Kirkjufell y luego ir directamente al Parque Nacional Snæfellsjökull, hogar del único gran volcán en esta parte de la isla: el Snæfellsjökull, por supuesto. Solamente 30 kilómetros nos separaban de él y como teníamos todo el día por delante de nosotros pensamos que sería una buena idea. De hecho, solo necesitábamos recorrer la ruta 54, y luego tomar una pequeña parte de la ruta 574 y una breve aventura atravesando lo que se conoce como una F-Road: la F570.

En Islandia, existen 4 tipos de caminos: las rutas de un solo número, la Ring Road por ejemplo, que es la número 1. Ésos son caminos bastante cuidados, con algún pequeño trayecto de ripio, pero realmente bien mantenidos. Luego están las rutas de dos números (la 54 por ejemplo), que también están pavimentadas en su mayor superficie, pero pueden tener algo más de ripio. Las rutas de tres números (la 574 por ejemplo) presentan un poco de desafío ya que son principalmente caminos de ripio (y muy suelto) o incluso carreteras de tierra. Con buen tiempo se pueden recorrer, pero muchas se bloquean totalmente cuando llueve fuerte. Y luego están las infames F-Roads, las carreteras que no querés tomar si no tenés una 4×4, en donde el pozo más pequeño es del tamaño de un coche. Pero ya habíamos tomado una de estas rutas algunos días atrás, por error, con una pesada niebla y nieve, por encima de las montañas, y nuestra camioneta había sobrevivido (y nosotros también), así que pensamos “¿por qué no?”

Estábamos a medio camino entre Kirkjufell y nuestro destino final cuando ocurrió lo inesperado. Bueno, en realidad nada relacionado con el clima es inesperado en Islandia. Es por eso que los islandeses siempre dicen: “Si no te gusta el tiempo, sólo espera cinco minutos”. Una fuerte lluvia empezó a golpear el parabrisas del coche. No nos gustaba el tiempo, así que decidimos parar al costado de la carretera durante cinco minutos, pero nada cambió como decían los islandeses. Esperamos un poco más, pero la lluvia seguía cayendo y cada vez más pesada. Teníamos dos opciones: esperábamos ahí por Dios sabe cuánto tiempo o simplemente nos abrochábamos fuerte el cinturón de seguridad y regresábamos al hotel. Por supuesto, pasar por una F-Road con este tipo de clima era como tomar la decisión de matarnos en Islandia. Por lo tanto nos decidimos por la última opción. Nos abrochamos los cinturones y volvimos a encender el motor para deshacer nuestro camino. Pero ya que estábamos a sólo cinco minutos de la intersección que nos permitiría volver haciendo un círculo en vez de la misma línea recta que ya habíamos hecho, manejamos hacia allí y nos mantuvimos por la ruta 54 haciendo el círculo completo. Teníamos esperanzas de que la lluvia se detuviera y al menos pudiéramos ver un poco más de la península. Ahora, sentado en una silla en mi sala escribiendo este artículo, puedo decir que fue una gran idea porque descubrimos paisajes inesperados. Pero en el momento en que el coche se dirigía directamente al borde del acantilado, me estaba insultando en todos los idiomas posibles.

Al principio, asumí que era un neumático pinchado. Y durante esa mitad de segundo en el cual el volante estuvo fuera de mi control, pensé: “Este es el fin, así es como me voy”. Pero durante un cuarto de segundo de ese medio segundo pensé en mi hijo y me dije a mí mismo: “¡Agarrá el volante con toda tu fuerza y ​​enderezá la furgoneta!” Es increíble lo rápido que la mente trabaja cuando se expone al peligro. Justo cuando empecé a mover la furgoneta en una línea recta nuevamente me di cuenta de quién era nuestro enemigo: un viento de casi 100 kilómetros por hora. Islandia nos estaba volando la cabeza, y el resto del cuerpo, derecho al acantilado y estábamos justo en el lugar equivocado en el momento equivocado porque no podíamos parar y no podíamos dar la vuelta. Así que hice lo que no se supone que debés hacer: comencé a conducir por el lado equivocado de la carretera, encontrando refugio justo al lado de la pared de la montaña y tratando de evitar a toda costa estar cerca del acantilado. No tenés ni idea lo duro que el viento soplaba para que yo tomara esa decisión. Por suerte la visibilidad era lo suficientemente buena, así que podía ver si un coche se dirigía hacia nosotros. Esos eran los momentos en los cuales volvía a mi lado de la carretera y sólo rogaba para que el viento dejara de soplar. Cuando estábamos llegando al final de la carretera de montaña, el viento era tan fuerte, que había dejado de llover pero el agua seguía golpeando el parabrisas del coche: la tromba levantaba el agua de la carretera y la soplaba directo hacia nuestras caras. Estábamos blancos como una hoja de papel, riéndonos para no llorar. ¿Y nuestro hijo? Estaba cantando su canción favorita, por supuesto; un extranjero a lo que estaba pasando. Mis músculos estaban empezando a sentir la tensión de mantener el volante con tanta fuerza. El camino de montaña de repente llegó a su fin y nos sentimos aliviados de que estábamos vivos. Tres kilómetros más y llegaríamos a un desvío en la carretera que nos permitiría detener el coche y esperar. Lo tomamos y nos detuvimos en la iglesia negra de Buddir. Paré el motor y tomé un largo aliento. Mis manos seguían pegadas al volante. Como la lluvia había parado, decidí bajar del coche para estirar mis piernas y sentir el suelo seguro debajo de mis pies. Abrir las puertas del coche era una misión casi imposible. Por supuesto, tuve que estacionar el coche de cara al viento. De lo contrario, las puertas habrían sido arrancadas “de raíz”. Ir en contra de la fuerza del viento fue muy duro, pero me las arreglé para salir del coche con mi cámara de fotos en mano. Después de todo, me encanta la fotografía y quería capturar ese momento. Quería tomar las fotografías mágicas que uno puede encontrar en Internet. Pero esta imágen horrible es lo que pude tomar:

El viento no estaba ayudando e incluso me tiró al suelo. Ese fue el momento en que decidí volver al coche. Por supuesto, mi esposa y mi hijo nunca dejaron la seguridad del vehículo. El camino que había por delante fue un poco más fácil, aunque el viento nunca cesó. Y cuando estábamos a punto de llegar a nuestro hotel, lo más extraordinario sucedió: vimos lo que me gusta llamar una subida de agua, un fenómeno nuevo que experimentamos en Islandia. Es como una cascada con una ligera diferencia: el agua no cae. El agua sube al cielo. Supongo que fue el viento fuerte el causante de tal fenómeno. Pero prefiero pensarlo como una señal de que alguien, allá arriba, estaba cuidándonos durante ese viaje épico.

 

TE GUSTÓ? COMPARTILO EN PINTEREST!

Join us now

Get our online magazine with 26 full color pages for free!

Written by Pie & Pata
Feliz es quien disfruta viajar en familia.