Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

“De noche el mar es triste. El silencio y la oscuridad son abrumadores y las olas no se ven, pero cuando vienen se sienten, y con fuerza. El barco es una licuadora. Pero no hay tiempo de marearse y sentirse mal, porque no hay forma de pararlo. Una tormenta en el mar da miedo”. Esto no lo dice un marinero inexperto. Lo dice Gaizka, un vasco con 36 años en el agua.

Comenzó a los 15, heredando el oficio de su padre. Hoy, a los 51, a 4 años de jubilarse (la gente del mar se jubila 10 años antes que la de la tierra), siente dolor en todo su cuerpo y no ve la hora de poder darle un merecido descanso. Y aún hoy, sigue enfrentando el miedo de las noches en alta mar. Aunque según nos cuenta, “ahora todo ha cambiado. La teconología nos permite ir a la pesca con un plan de viaje para evitar las tormentas (a pesar de que no siempre se puede hacerlo). Antes, uno iba por instinto. Eso sí que era duro”.

Pero la dureza de su trabajo sigue estando representada en las largas horas laborales y en las condiciones físicas extremas a las que a veces deben enfrentarse. No pueden darse el lujo de dar parte de enfermo ya que hubo muchos casos de “vivillos” que decían estar en cama y en realidad no lo estaban, pero como cobraban en partes iguales, dejaban que el trabajo duro lo hicieran los otros. La temporada de pesca comienza en el mes de febrero con la pesca del verdel desde la costa de Bermeo, y se extiende hasta el mes de abril, cuando Gaizka y todos sus compañeros de la tripulación del barco María Digna Dos de Santander, “cambian de oficio”, como así me explica, y comienzan la pesca del bonito, mar adentro, por 7 meses, en los cuales pasan entre 15 y 20 días por mes en alta mar y visitan las costas gallegas. Esos días para Gaizka son eternos, y razón no le falta: las jornadas laborales son de 18 horas seguidas, sin parar. Se levantan a las 5.30 de la mañana y pescan hasta las 12.30 de la noche, momento en el cual van a dormir esas seis preciadas horas, las cuales se transforman en cinco ya que deben turnarse para la guardia nocturna de una hora cada uno (son seis tripulantes). Suerte tiene a quien le toca la primera o la última hora de guardia, ya que si te toca en el medio, te despiertan de tu sueño y luego tienes que volver a conciliarlo rápidamente.”Por qué la guardia? Porque en el lugar en donde estamos, podemos llegar a ser entre 30 y 40 barcos, y no sería bueno chocar”, aclara Gaizka.
Hace 36 años que se sube a un barco, se adentra en el mar y sale a la pesca. Antes, durante el año y fuera de la temporada del bonito, las jornadas comenzaban más temprano por dos motivos principales: en primer lugar, los puertos estaban abarrotados de barcos, uno al lado del otro (“Se podía cruzar de lado a lado del puerto pasando por arriba de los barcos”, recuerda Gaizka), por lo que si llegabas tarde tenías que esperar horas tu turno para bajar el pescado; y en segundo lugar, los marineros no tenían un sueldo (esto sigue siendo igual al día de hoy), sino que cobraban en partes iguales por lo que pescaban. Por lo tanto mientras antes comenzaran, más podían pescar, y por ende, más cobraban. No había límites a la cuota pesquera. Había días en los cuales traían entre 8 mil y 10 mil kilos de pescado. Pero en los últimos años, además de descender drásticamente la cantidad de barcos pesqueros y de marineros, se comenzó a aplicar un límite a la cuota pesquera por temporada. Una vez alcanzada esa cuota de temporada, que, en el caso de Gaizka es de 106 toneladas, deben amarrar el barco y esperar hasta el comienzo de la siguiente temporada, en febrero del año siguiente. Por lo tanto las jornadas comienzan más tarde y como mucho pescan 3 mil kilos de pescado por día. El gran problema ocurre cuando esa cuota la alcanzan antes de noviembre. Le pregunto a Gaizka el porqué ya que no logro entender cuál sería el inconveniente. “Cuando cumplimos la cuota, automáticamente dejamos de trabajar hasta la temporada siguiente. Pero en esos meses sin trabajo, vivimos del paro, y solamente nos cubre tres meses. Si terminamos en octubre, como fue el caso del año pasado, tenemos que vivir un mes entero de nuestros ahorros sin cobrar un duro”, me aclara.

El turista pasea por las calles de Bermeo y recorre su puerto, toma fotografías, disfruta de la brisa marina, come unos pintxos en el bar que más atención le ha llamado, pero nunca se detiene a pensar en estos hombres de mar, que con sus cuerpos adoloridos mueven un mercado millonario; pero para los otros. Y es una lástima, ya que a estos pueblos pesqueros los hicieron justamente los pescadores. Aquellos hombres que sin forma alguna de planear un trayecto, se embarcaban en naves de madera y se entregaban a la buena fortuna de Dios.
Me detengo en sus caras arrugadas y trato de imaginarme lo que sería sentir esa primera ola golpeando la barca, vaticinando una tormenta en medio de la oscuridad de la noche. Y prefiero dejar de hacerlo. La costa vasca es brava. No quiero ni pensar lo que será mar adentro.

Le doy la mano a Gaizka y me despido. Me aclara que mañana no vendrán a trabajar ya que el precio de venta está muy bajo y no lo consideran justo. Antes de irse, me hace una pregunta que me descoloca y me hace pensar en cómo una misma cosa se puede ver como algo oscuro y triste, o como el ideal del paraíso: “Ya que eres de Argentina, te consulto porque quisiera ir allí: hay alguna playa bonita para descansar mirando el mar?”.

TE GUSTÓ? COMPARTILO EN PINTEREST!


Join us now

Get our online magazine with 26 full color pages for free!